En el ruido del día a día, nos volvimos expertos en el arte de las interacciones automáticas. Decimos “¿Cómo estás?”, mientras seguimos caminando, y recibimos un “Bien, ¿y vos?” que funciona más como un código de cortesía que como una respuesta real. El problema no es la pregunta, sino que ya no estamos dispuestos a escuchar —ni a decir— nada que nos deje expuestos o vulnerables.
Lo más complejo aparece cuando ese “piloto automático” lo aplicamos a nosotros mismos. Preferimos no preguntarnos nada para no tener que gestionar la respuesta. Sin embargo, como bien dice la kinesióloga y terapeuta somática Ana Ojeda en su libro Cómo regular el sistema nervioso: “Todo lo que nos sucede en la vida, queda registrado en el cuerpo”. No importa cuánto intentemos intelectualizar un malestar, el cuerpo físico y emocional es nuestro gran disco duro, y tiene grabada cada desconexión.
Estar desconectados significa vivir en una zona de conflicto entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que finalmente terminamos haciendo. Esa falta de coherencia es la que nos agota. Por eso, volver al cuerpo no es una opción “zen”, es una necesidad estratégica. Estar conectados de forma honesta con nosotros mismos puede, literalmente, salvarnos la vida y transformar la manera en que gestionamos nuestros vínculos.
Para recuperar ese pulso, no necesitás grandes teorías ni hacer un retiro espiritual. Podés lograr esa conexión con el ejercicio sencillo de frenar: respirar profundo, cerrar los ojos y llevar una mano al pecho y la otra al abdomen. Sentir ese vaivén es volver al presente. Es la única forma de no quedar enganchados en el reproche de lo que ya pasó o en la ansiedad de lo que todavía no llegó.
Hoy te quiero invitar a que hagas silencio, apagues el modo automático y sintonices con tus sentires. La verdad está ahí, esperando que te animes a hacerte preguntas y responderte con honestidad.
Gracias por llegar hasta acá. Si sentís que es momento de volver a habitar tu coherencia, te espero en mdelcruizdiaz.com.